García Suárez, Alfredo


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Descripción


  • Autor: Manuel Gutiérrez Fernández (1)

En el Padrenuestro suplicamos que se perdonen nuestras deudas. Las mías con don Alfredo García Suárez debí saldarlas hace tiempo. Disponía de un medio propio y propicio, contaba con datos suficientes para echar cuentas e incluso fui apercibido a rendirlas. El activo de este singular acreedor resulta elevado: un fondo de probada solidez, valores saneados, copioso capital y ricos tesoros. De mi parte, y en tanto que moroso, cúmpleme añadir intereses. Propongo calcularlos tomando razón de setenta años de vida, en los que dejó rastro de obra ejemplar y fecunda. Vengo, pues, a satisfacer el pago haciéndome eco en estas páginas (agotadas las del otro) de su figura señera.

Le debo gratitud y el mejor recuerdo: «Alfredín» había sido compañero de juegos de mi padre, condiscípulo suyo en el «Cervantes» y hasta el final de los días amigo fiel, cordial y fraterno. Ocasión tuvo él de demostrarlo al pronunciar en el funeral de su querido Manolo una homilía rebosante de cariño y esperanza. Las cuartillas de aquella plática, que el propio Alfredo no dudó en remitirme, las guardo como oro en paño. Su lectura reconforta; y mucho. Era de la casa, a la que -atraído por las notas al piano de mi abuelo Aurelio- acudía con alguna frecuencia. Conmigo y los míos se mostró siempre cercano y solícito. En momentos decisivos y episodios trágicos supo, quiso y pudo arrojar luz y dispensar consuelo.

Con todo, se me antoja que no soy deudor único ni únicamente a título personal o familiar. Quiero decir que sobre los luarqueses también recae obligación: la de conservar memoria de este personaje sobresaliente. A tal fin conviene saber ciertas cosas. No pretendo una biografía (reservada a mayor autoridad y conocimiento) aunque, eso sí, no me resisto a perder esta nueva ocasión, ni a despreciar el medio que se me brinda, para el explícito reconocimiento que nuestro paisano merece. Trazaré en estas líneas el apunte de su trayectoria.

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Alfredo García Suárez nació en Luarca el 18 de abril de 1927 y falleció en Madrid el 4 de febrero de 1998. Cursó los estudios de bachillerato en el colegio «Cervantes» de esta villa. Un plan de lo más exigente que siguió con brillantez. Asimilaba conocimientos con pasmosa facilidad y destacaba en las más diversas materias: lenguas latina y griega, matemáticas, ciencias... Las horas de estudio no le alejaron del trato con sus compañeros, que le querían, respetaban y admiraban, como tampoco de la vida cultural y social de sus tiempos mozos: un exquisito gusto y una envidiable disposición para la música le llevaron a compartir con Fernando Landeira y Aurelio Gutiérrez protagonismo artístico en las veladas del Nuevo Ballet Romántico que se representaban en el Teatro Colón.

Emprendió los estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Central de Madrid. Pronto tomó contacto con el Opus Dei, en el que Alfredo ingresó en 1946. En el curso 1949-50 concluyó su licenciatura con premio extraordinario. Ese mismo año, publica en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, dirigida por el profesor D. Clemente García de Diego, su «Contribución al léxico del asturiano occidental», continuando el siguiente curso académico como profesor ayudante en la sección de Filología Románica.

El citado trabajo dejó bien a las claras sus dotes de observador, su capacidad investigadora y su talento como filólogo, que más tarde refrendería al obtener el doctorado en Filología Románica en la Universidad de Navarra (1965-66). Aquel estudio fijaba su atención en las labores del campo e instrumentos de labranza, casa y actividades cotidianas, animales domésticos y hasta se detenía en la descripción de un molino de agua. Completaba el trabajo un rico glosario con varios centenares de voces, desfilando por sus páginas topónimos de cálida proximidad: Busto, Fontoria, Muñás, Setienes, La Mata... Trabajo el suyo que, no por modesto en que el autor se tenía, vino a aprovechar a otros posteriores.

Sus dotes intelectuales y artísticas le hubieran franqueado numerosas puertas y allanado muchos caminos. Pero Alfredo no pretendió otras que las del cielo ni más senda que la del Divino Maestro. El sencillo y arraigado sentimiento religioso de su madre, Joaquina, alimentó la llama de una vocación sacerdotal que se habría de revelar indeclinable, mostrándose firme en su decisión ante otras sugerencias del entorno familiar que lo orientaban hacia la ingeniería. Así, el 1 de julio de 1951 es ordenado presbítero en Madrid y el día 7 (como signo de predestinación a su futura vinculación con Navarra) celebra en el templo de Santa Eulalia de Luarca su primera misa solemne, asistido del entonces párroco don Eladio Merediz.

Continuó la andadura universitaria licenciándose en la Pontificia de Salamanca en Sagrada Teología (curso 1955-1956), ampliando formación y estudios en Roma, donde obtiene el grado de doctor por la Universidad Lateranense (1960-61) con la tesis titulada «Principios teológicos del laicado».

Por designación del Beato José María Escrivá de Balaguer, ocupó durante 15 años el cargo de Director Espiritual del Opus Dei, trabajando estrechamente con el apostolado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Fue el primer director del Instituto Teológico de la Universidad de Navarra, germen de la futura Facultad de Teología, de la que sería profesor de Teología Fundamental, e igualmente primer director de la revista «Scripta Theologica». También ha sido uno de los fundadores de la «Biblioteca de Teología» y encargado de la sección de ciencias teológicas y religiosas de la «Gran Enciclopedia Rialp».

Llegado un acontecimiento de magnitud universal como el Concilio Vaticano II, Alfredo pudo medir su talla como teólogo contribuyendo a la asimilación y entrada de las enseñanzas conciliares en España a través de simposios, tertulias y seminarios; manteniendo enriquecedores contactos y estrecha amistad con los principales teólogos del momento. En la década de los sesenta despliega una incensante actividad: investigación, publicaciones, conferencias... Se advierten por entonces los primeros síntomas de fatiga y escasa salud. En 1971 se traslada Madrid. La meditación y el retiro renuevan sus fuerzas y reemprende tareas. Es nombrado Consultor de la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe y de la subcomisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El prestigio de nuestro teólogo es reclamado desde otros ámbitos y para otros decisivos encargos como Consultor del Secretariado Episcopal de Ecumenismo y del Secretario Episcopal de Seminarios, añadiendo como prueba de su reconocimiento y valía intelectual su pertenencia a la junta de Ciencias Sagradas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

El desempeño de su labor en materia de catequesis, que habrá de culminar con la aprobación de un Catecismo Universal, merece atención. El Papa Pablo VI había encomendado al Sínodo Universal de 1977 que se centrara en ese asunto. A Roma se desplaza Monseñor Estepa acompañado de Alfredo, valioso asesor y colaborador con el que se instala en la Congregación del Clero, permaneciendo al tanto de las asambleas sinodales. La estancia permitió reunir documentación y hubo ocasión de conocer la intervención de teólogos eminentes como Ratzinger, que participaba como perito oficial. Al término del Sínodo, con la notable intervención de nuestro Alfredo se redactó una memoria y unos comentarios en los que se incluían los referidos a intervenciones sinodales tan destacadas como las del Cardenal Patriarca de Venecia y las del Cardenal Arzobispo de Cracovia. Esto es: nada menos que las de los dos siguientes Papas, Juan Pablo I y II. Las conclusiones del documento les fueron presentadas a Pablo VI y más tarde al Papa Wojtyla.

Abiertas nuevas fases, con un primer periodo de estudio y reflexión bajo la presidencia de Ratzinger, siguió la presentación por Monseñor Estepa de un amplio sumario de temas para cuya elaboración y redacción contó de nuevo con el teólogo luarqués. El fin perseguido era el de conferir al texto del Episcopado español («Esta es nuestra fe») carácter e impronta universal. La propuesta fue estudiada atentamente en el seno de la comisión, llegando a traducirse por la editorial de la Conferencia Episcopal Italiana. El ritmo de los trabajos para la redacción y aprobación del Catecismo Universal cobraron impulso y Alfredo continuó en la brecha, tomando parte activa y destacada en labores de asesoramiento, coordinación y elaboración de documentos. Orgullosos hemos de sentirnos si reparamos en el protagonismo y mérito de nuestro paisano en una misión de tanto alcance.

Numerosos son los estudios, artículos e informes de los que Alfredo García Suárez es autor. Baste decir al respecto que a solicitud de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, coincidiendo con su septuagésimo aniversario, se reunió en un volumen, «Eclesiología, Catequesis, Espiritualidad» (Eunsa, 1998), el que viene a ser compendio de su obra teológica. Este libro, que honra los estantes de mi humilde biblioteca, debería figurar en el catálogo de la pública de Luarca sin mayor dilación ni excusa. Otro título, del que lamento en este caso no disponer de ejemplar, es «Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz» (Folletos «Mundo Cristiano»), cuya aparición al público, según tengo entendido, también fue póstuma.

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El perfil intelectual no agota cuanto de bueno y sobresaliente se puede y debe decir sobre Alfredo. Presumo que no se vio más cerca de Dios en Roma que en Almuña, ni consideró más sagrado recinto el templo en que recibió las aguas del bautismo que la mismísima basílica de San Pedro. Estoy persuadido de que en el rostro de cada uno de nosotros reconocía al Cristo. Frecuentó a los enfermos, acompañó a los solitarios, compadeció [«padecer con»] a los marginados, sonrió a los niños y animó a los viejos...

Con seguridad se puede afirmar que con Alfredo en modo alguno se cumplía aquello de que «aunque yo dominara las lenguas arcanas y el lengua del cielo supiera expresar, si me falta el amor nada soy». No se conoce a quien acudiera a buscar su ayuda y no la encontrara. Generoso a carta cabal, si era menester se desprendía de su peculio.

Paseos, conversaciones, encuentros... ocasiones que convertía, con su magisterio y atracción personal, en improvisado escenario de lecciones, catequesis y ejercicios. Me reveló un día su intención de iniciar un trabajo sobre los orígenes y fundamento de las cofradías de semana santa, tal como la luarquesa, cuyo arranque y auténtico sentido -decía- era necesario rastrear en las Escuelas de Cristo del siglo XVII. Otra original respuesta -subrayaba- de la catolicidad hispana frente a la protesta y a la reforma luterana. Qué fue del intento lo ignoro, pero viniendo de mano suya rebosaría profundidad e interés. Exprimió y -que aquí nadie se ofenda- exprimieron su talento. A solicitud de monseñores, bajo el imperio de las prelaturas, en el seno de comisiones, bajo los auspicios de instancias académicas, elaboró documentos, publicó estudios, preparó informes... Pero ese mismo Alfredo aún sacaba tiempo, derrochaba ganas y empleaba la misma dosis de talento para atender a la Hermandad del Nazareno, esforzándose en redactar el texto de la Novena del Buen Jesús que fervorosamente rezan los cofrades. En sus visitas a Luarca nuestro paisano trataba de renovar la salud, estrechar lazos, fraternos y familiares, y fortalecer el espíritu, sin dejar por ello de participar en la comunidad ciudadana, la vida parroquial y el oficio divino. Viva retengo su imagen de humilde siervo y ejemplar sacerdote en los lavatorios del Jueves Santo, y aún resuena su voz, timbrada, melodiosa, cálida, plena de inflexiones sugerentes y matices, dando lectura a los sagrados textos de la Pasión.

Como todos, hubo de atravesar su particular noche oscura del alma. Las debilidades y flaquezas que padeció como hombre las tradujo sin embargo en durísimas pruebas que habían de afirmarle como sacerdote. Encerrado en un cuerpo frágil y quebradizo, se adornaba de un espíritu delicado y asentaba su alma en la roca de una fe inquebrantable.

El santoral romano es nómina que Dios no sé si restringe, pero que a buen seguro acrecienta. No me cabe duda: en el cielo se conoce y pronuncia el nombre de Alfredo.

Nota

(1) Publicó esta semblanza, bajo el título Alfredo García Suárez. Un luarqués de imperecedero recuerdo. Sacerdote, Doctor en Teología y Filología, en la revista de la Real Hermandad del Buen Jesús Nazareno de Luarca (capital del concejo o municipio asturiano de Valdés) correspondiente a la Semana Santa del año 2011.

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