Alfonso III, «El Magno»


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Descripción


El primogénito del rey Ordoño I y doña Nuña nace en Oviedo bien sea el año 848, como apunta Constantino Suárez, bien sea el año 849, como creen Fuertes Acevedo y González de Posada. Tras la muerte de su padre hereda el trono, casi con toda seguridad en el 866 (González de Posada lo retrasa un año), pero no consigue coronarse porque se levanta en su contra un conde gallego, Fruela, el hijo de Veremundo. Alfonso III (apodado «El Magno» y «El Grande») debe refugiarse en Ávila, mientras el senado y los caballeros ovetenses derrotan al invasor, hecho que probablemente acaeciese en menos de un año. Consciente del peligro que suponían los moros para el reino asturiano, lo primero que hizo, recién llegado al cargo, fue reconstruir las ciudades romanas de Lancia o Sublancia, al pie de León, y Cea, al lado de Sahagún. Pero pronto tiene que olvidarse de estos trabajos porque se sublevan en primer lugar el conde Eylón en Álava y después abundantes focos rebeldes en Galicia. Por ello sale a pelear y a medida que va ganando batallas va repoblando las zonas conquistadas, sobre todo las occidentales: llega hasta Oporto en el 868 y repuebla las tierras entre el Miño y el Duero. También baja ensanchando fronteras hasta Salamanca y Coria (Cáceres). Solamente le faltaba asegurarse el apoyo del reino por oriente, motivo que lo llevó a casarse con la princesa navarra Amelina, conocida en la historia por doña Jimena. Este matrimonio hizo de navarros y franceses sus aliados, consiguiendo aún en menos tiempo reconquistar Castilla a la vez que repoblaba Zamora, Simancas, Dueñas o Toro. No todas las batallas que libró fueron externas; dentro, sus hermanos (Veremundo, Nuño, Odario y Fruela) intentaron también destronarle, hecho que, según Sampiro, pagaron sacándoles los ojos después de ser apresados. Aun y así, Veremundo consiguió escapar para Astorga, y ayudado por varios moros y cristianos, reinar allí durante siete años, lo que motivó que Alfonso III tomase duras represalias contra esa ciudad. Al mismo tiempo que iba ganando guerras, ampliando el reino, esparcía y mejoraba la vida cultural: ayuda a reconstruir la catedral de Santiago de Compostela, logra que Oviedo obtenga la categoría de arzobispado (877), construye edificaciones religiosas como la abadía de Tuñón y el monasterio de Valdediós, palacios en Oviedo y Boides, castillos en Gauzón y León, etc. Prueba del crecimiento que tuvieron todas las artes en general es el mandato que hace Alfonso III de recubrir la cruz de roble, que había llevado Pelayo en las batallas, con oro y piedras preciosas para donarla a la catedral, donde está hasta el día de hoy la llamada Cruz de la Victoria. Sin duda, es a partir del año 884 cuando más puede dedicarse a estas tareas, porque ese año marca la paz con el reino cordobés de Muhammad, su eterno rival. En esas fechas la frontera con los musulmanes por occidente era el río Mondego, siguiendo la línea por el Duero hasta Arlanza, línea que se vuelve menos clara cuando se adentra en tierras riojanas. Por el contrario, Alfonso III nunca fue capaz de aplacar las conspiraciones familiares. Le tocó ver, aproximadamente en el año 910, cómo su primogénito, don García, secundado por su suegro, el conde Nuño Fernández, que reinaba en Zamora, se volvían contra él. Y aunque consiguió vencerlos, el brote estaba arraigando en Asturias, donde doña Jimena y sus cinco hijos (García, Ordoño, Fruela, Ramiro y Gonzalo), con la ayuda nuevamente de Nuño Fernández, dan inicio a una guerra civil. Como resultado, el rey abdica en favor de sus tres hijos mayores en el palacio de Boides, al lado de Gijón, desmenuzando el reino: a don García le da León, Galicia y parte de Portugal son para don Ordoño, y en Asturias queda don Fruela. Alfonso III se reserva Zamora, ciudad donde va a vivir casi continuadamente hasta su muerte. Afincado ya en Zamora, cuando volvía de una peregrinación a Santiago de Compostela, todavía le pidió a don García que lo dejase pelear en Astorga contra los moros: ésta parece ser la última batalla de la que salió vencedor antes de instalarse definitivamente en Zamora. En esa ciudad muere posiblemente el 20 de diciembre del 910, como dice Fuertes Acevedo, y no el 19 de diciembre del 912, como sugiere Constantino Suárez. Lo entierran en Astorga con Jimena, hasta que ambos fueron traídos para el sepulcro de la catedral ovetense que el propio rey había mandado construir con ese fin. A mediados del siglo XVIII trasladan sus restos, dentro de la misma catedral, para la capilla del rey Casto.

Aún falta hablar de Alfonso III como hombre de letras: además de las cartas que envía al Papa Juan para conseguir que Oviedo fuese un arzobispado y de la carta a los turonenses, es posiblemente este monarca el autor de la crónica que lleva su nombre. La Crónica de Alfonso III es una obra coetánea o posterior en poco tiempo a las dos predecesoras (Crónica Albeldense y Crónica Sebastianense), aunque los distintos autores no se ponen de acuerdo sobre la cronología. Conservada en un códice de San Millán de La Cogolla (La Rioja), su procedencia es inequívocamente ovetense, de alguien cercano a la Corte, y su autoría viene atribuyéndose a un laico, debido a las deficiencias que presenta el latín y a determinados injertos narrativos. De hecho, desde Sánchez Albornoz, se supone que la crónica es obra del propio rey Alfonso, de ahí el nombre de Crónica de Alfonso III, que hoy tiende a sustituir el de Crónica Rotense, alusivo al códice por el que fue transmitida. De todas maneras, y como reflejo de la mentalidad cortesana de la época, el propio texto se titula Cronica Visegotorum. La gran erudición que tradicionalmente se le supone a este monarca «scientie clarus», preocupado por libros y manuscritos, es seguro un buen aval para sustentar esta hipótesis, ya sea considerando una intervención individual más o menos acusada en la propia redacción del texto, ya sea suponiéndole solamente el inicio y la coordinación de una obra muy elaborada después por otros eruditos de la Corte, lo mismo que habría hecho cuatrocientos años más tarde el rey castellano-leonés Alfonso X el Sabio. Lo cierto es que esta obra, aunque recoge la idea de continuidad genealógica entre los reyes godos y los asturianos, ofrece un especial interés por dar información sobre los hechos más específicos de la dinastía asturiana, mostrando una visión más rehecha y trabada de las relaciones entre los miembros de la familia real o de las de ésta con la Iglesia. De ahí, por ejemplo, su insistencia en el carácter virtuoso y santo de algunos reyes. Por otro lado, sobre su supuesto laicismo o espíritu cortesano, interesan en esta obra la parte de los desarrollos narrativos que chocan con la habitual sequedad y sencillez de este tipo de piezas historiográficas y remiten a otro tipo de fuentes, aún por determinar definitivamente y que, según se creyó, podrían ser relatos literarios preexistentes, por ejemplo, sobre la batalla de Covadonga o Pelayo.

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