Sánchez de Agrela, Pedro


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Escultor y arquitecto de retablos, posiblemente procedente de Lugo, que se estableció en Asturias hacia 1640 para hacer el retablo mayor de la colegiata de Cangas del Narcea. Es tratado por Germán Ramallo en lugar aparte, como primer representante del taller de Cangas del Narcea, por haber sido en esta localidad donde sistemáticamente se le han localizado datos de su familia y de donde él mismo se dice vecino. Su arte debió ser estimado por sus coetáneos, y los 19 años de actividad documentada en la región ofrecen un panorama de actuaciones que hacen pensar que no le faltó trabajo.

Su aparición en Cangas es problemática; el primer dato concreto y fidedigno es la cita que el visitador de Carrasconte hace en 1643, en el que habla de «un tal Agrela» que era quien hacía el retablo de la Iglesia Mayor de Cangas. Si se hace caso de esta indicación, hay que tomar como cierta la fecha de 1643 para la construcción de su primera obra, llevada a cabo en Cangas del Narcea: retablo, imágenes, bultos funerarios del fundador y de su padre, y escultura de la titular en la fachada. Al considerar la arquitectura del retablo sorprende, en primer lugar, su sentido monumentalista; se organiza a base un orden gigante que recoge dos pisos de hornacinas y está rematado por un ático compuesto de cuerpo cerrado por un frontón partido y flanqueado a ambos lados por sendos templetes que recogen imágenes. Si en los elementos de su estructura y en los ornamentales es aún clásico, se pueden señalar en él varios intentos barrocos tanto en espíritu y en forma como en su concepción total. Así, la imagen que ocupa la hornacina central es la de Sta. Mª Magdalena, glorificándose esta figura eminentemente barroca, que nos hace pensar en el sacramento de la Penitencia; debajo de ella, la destinada a recoger el sagrario ocupa todo lo alto del banco e irrumpe a lo alto de la calle central para ofrecernos la total exaltación de la Eucaristía. Por su parte, el cuerpo ático recoge la Inmaculada fundida con la idea de Coronación, representada por ángeles entre nubes que la rodean y por la corona que aparece entre ellos y sobre la cabeza de María. Por último, bajo los templetes se alojan los dos santos jesuitas más importantes, San Ignacio y San Francisco Javier, primera representación de ellos en Asturias. Por otro lado, hay también un evidente deseo de marcar la calle central con la colocación de dobles columnas y el claro saliente de ella, que permite ya hablar de movimiento barroco en planta. Como escultor imaginero ha de ser colocado en un segundo plano respecto al que ocupa como arquitecto de retablos, pues sus figuras tienden a un evidente estatismo; pese a ello, presenta también una gama de valores objetivos resumibles en una fuerza expresiva, resultado de una fuerte conceptualización, y un tratado sumario de los volúmenes.

Tras su actuación en Cangas del Narcea, comenzó a tomar contacto con el ambiente de Oviedo, y en 1645 marcha a León con Fernández de la Vega y Alonso Carreño para realizar el retablo mayor (la parte arquitectónica) del Santuario de Carrasconte, obra de la que sólo contamos con la escritura del contrato, en la que se reflejan las condiciones.

En 1650 contrata con el obispo Caballero de Paredes los colaterales del Convento de las Agustinas de Medina del Campo. Estos retablos se someten a un esquema de gran originalidad y libertad de concepción que hacen pensar en un modelo ajeno; pese a que ni en los elementos arquitectónicos ni en la decoración hay innovaciones, sí las hay en la concepción total de su distribución interna y colocación de esos elementos decorativos, buscándose ya un movimiento en alzado, aunque en planta sólo permita el saliente del cuerpo central.

En el mismo año 1650 asiste a la subasta del retablo mayor del monasterio de la Vega, de monjas benedictinas, quedando para él la obra. Este retablo fue sustituido en el siglo siguiente, y sólo contamos con las condiciones de su factura; no debía de ser muy grande, pues la ampliación de la iglesia no se hace hasta el último cuarto del siglo, además de lo que indica el precio cobrado por la factura, 269 ducados.

En el año 1652 contrata el retablo de San Martín de la catedral de Oviedo. Este retablo guarda más relación con el de Cangas que con el de Medina del Campo, pero sus ajustadas proporciones y el equilibrio de su estructura llevan a pensar también en una traza ajena.

Hacia el año 1656 se ocupa de la construcción del retablo mayor del Convento de Santo Domingo, también en Oviedo, del que sólo sabemos el precio, 800 ducados, precio elevado, posiblemente por las grandiosas proporciones del presbiterio, que se había de adaptar a la traza del de San Lorenzo del Escorial y que tenía Custodia.

En 1660 contrata la escultura de San Luis para la orden tercera del convento de San Francisco, y hacia ese mismo año debió comenzar el gran retablo mayor de la iglesia parroquial de Cudillero, también desaparecido. Aunque en ésta su última obra (quedó de ella un lienzo pintado), introduzca la columna salomónica, no se puede hablar de una evolución de su arquitectura de retablos; además hay mucha variedad entre los tipos que usa, seguramente marcada por las trazas de distintos artistas que utilizó.

Obras atribuibles: Además de las citadas del retablo mayor de Cangas del Narcea, Ramallo presenta como atribuibles otras de San Francisco y San Antonio, de la misma colegiata; una de Santo Domingo en colección particular canguesa; el Sagrario con la figura del Resucitado de la iglesia de Bimeda; el retablito, con sus imágenes y relieves de la capilla de la derecha de Santa Eulalia de Cueras; el San Juan Bautista y San Sebastián del retablo mayor de Jarceley, y un Nazareno y un Yacente de la de Cudillero. Bibl.: Germán A. Ramallo Asensio, Escultura Barroca en Asturias, Oviedo 1985.

Fuente: GEA.